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Promesas y realidades: el arte del incumplimiento presidencial

  • Foto del escritor: George Symington
    George Symington
  • 8 feb 2025
  • 2 Min. de lectura


Si los gobiernos se midieran por la cantidad de promesas cumplidas, el de Gustavo Petro estaría en una competencia directa con el realismo mágico. Un reciente informe de Semana ha revelado que, de 214 promesas realizadas, solo 27 han sido cumplidas. Es decir, si la presidencia fuera un semestre universitario, Petro ya habría perdido la materia por inasistencia.


Pero, ¿qué sería de la política sin las expectativas incumplidas? La estrategia es clara: prometa lo imposible, espere que el tiempo pase y, cuando la gente pregunte por los resultados, acuse a la oposición, al capitalismo, al clima o, en un giro inesperado, a los extraterrestres. La culpa nunca es del gobernante, sino de "las fuerzas oscuras del uribismo" o del "modelo neoliberal salvaje", que al parecer también tienen el control sobre los relojes del Palacio de Nariño.


Por supuesto, no todo ha sido una debacle. En el arte de desviar la atención, el gobierno ha sido impecable. Mientras la prensa cuestiona la falta de avances en salud, seguridad y economía, el presidente se distrae en Twitter, defendiendo a regímenes cuestionables, peleando con periodistas o incluso compartiendo reflexiones filosóficas sobre la nada, como si el país no tuviera problemas reales que atender.


El informe también resalta un patrón conocido: grandes anuncios con bombos y platillos seguidos de una larga lista de excusas para justificar el incumplimiento. En un acto de ilusionismo digno de Las Vegas, Petro y su gabinete han logrado que los ciudadanos miren a un lado mientras los objetivos del Plan Nacional de Desarrollo se disuelven en el aire. Si Houdini estuviera vivo, seguramente pediría consejos a Palacio.


En este punto, podríamos preguntarnos: ¿es realmente una sorpresa? Desde campaña, el presidente vendió una revolución que ahora se ve opacada por la inoperancia. La realidad es que gestionar un país no es tan fácil como escribir hilos en Twitter o dar discursos inflamados en la Plaza de Bolívar. Transformar un país no es lo mismo que hacer promesas con el entusiasmo de un vendedor de infomerciales.


Si algo nos deja claro este informe es que el gobierno Petro es un maestro del suspenso. Como si fuera una serie de Netflix, cada capítulo nos deja con más dudas que respuestas. Y mientras tanto, el país sigue esperando que la "Colombia potencia mundial de la vida" se transforme en algo más que una frase pegajosa de campaña.


Pero no perdamos la fe. Quizá en el próximo informe descubramos que al menos se cumplió una promesa más. O quizá, con suerte, el gobierno empiece a darse cuenta de que la política se mide en hechos y no en discursos. Aunque, siendo honestos, la posibilidad de que eso suceda es tan probable como que el presidente deje de tuitear o que el próximo informe de incumplimientos no traiga aún más excusas creativas.

 

 
 
 

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