El Metro de Bogotá: La Obra de Ingeniería más Invisible del Mundo
- George Symington
- 10 feb 2025
- 2 min de lectura

Dicen que la vida es un viaje, pero en Bogotá es más un simulacro de apocalipsis: huecos que podrían tragarse un Fiat completo, trancones que duran más que una telenovela turca y un TransMilenio que parece diseñado para ver cuánta dignidad humana puede aplastar por kilómetro recorrido. Y justo cuando pensábamos que la única esperanza de escapar de este infierno automotor venía en forma de un metro, el gobierno de Petro decidió darle un giro argumental al estilo de Juego de Tronos: “Sorprendamos a todos y robémonos el presupuesto”.
El dinero del Metro de Bogotá desapareció con la elegancia de un mago de barrio haciendo trucos con las monedas de su tío borracho. Se suponía que ese dinero se iba a transformar en rieles, vagones y la ilusión de no morir atrapado en un trancón de la Caracas, pero terminó perdido entre informes, burocracia y algo llamado "redefinición de prioridades", que es una forma elegante de decir: "tenemos otros planes que ni nosotros entendemos".
Esto es el realismo mágico colombiano, donde el dinero público tiene la capacidad de evaporarse más rápido que las esperanzas de un estudiante el día del parcial. Petro podría decir que el dinero "se reintegró a la energía del pueblo", lo cual suena poético hasta que te das cuenta de que esa energía es básicamente el calor humano en un bus atestado.
El Metro de Bogotá ahora es una metáfora de nuestra existencia: un proyecto que avanza más lento que una abuela subiendo Monserrate a pie, financiado por la fe ciega de quienes todavía creen en el Niño Dios. Es el Schrödinger del transporte público: existe y no existe, dependiendo de cuánto te tomaste esa mañana para soportar el absurdo.
Pero no todo está perdido. Podríamos convertir el Metro Invisible en una atracción turística. “Aquí, queridos visitantes, está la línea 1 del Metro de Bogotá. No la ven porque es muy avanzada para su comprensión materialista.” Podría ser el primer transporte 100% ecológico porque no existe, no contamina y, de paso, no lleva a nadie a ningún lado.
Mientras tanto, sigamos esperando... en el trancón, claro. Aunque, pensándolo bien, quizá el trancón sea el verdadero Metro. Total, también está lleno de gente, no se mueve y nadie sabe cuándo llegarás.



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